Cuanto más viejo me hago,más analógico me vuelvo.
Y eso tiene cierta ironía, porque trabajo rodeado de
tecnología. No soy alguien que la observa desde fuera con desconfianza, sino
alguien que la usa a fondo: como productor musical busco constantemente
herramientas nuevas, inteligencia artificial, soluciones que antes no existían
o que apenas estoy empezando a entender. Como escritor, también. La tecnología
no es para mí un intruso en el proceso creativo, sino parte del paisaje donde
ese proceso ocurre.
Y precisamente por eso sé lo que me falta cuando no me
aburro.
Últimamente me ocurre algo que hace unos años quizá ni
habría percibido. Me pasa cuando salgo de casa sin el teléfono, normalmente por
descuido, a veces al bajar con el perro, otras simplemente porque lo dejo
cargando y decido no volver a por él. Al principio aparece esa sensación
extraña de ausencia, como si faltara algo que ya se hubiese adherido con
demasiada naturalidad. No es una necesidad real, sino un automatismo adquirido:
comprobar si alguien ha escrito, mirar una notificación, abrir cualquier cosa
aunque en realidad no haya nada importante esperando.
Sin embargo, después de esos primeros minutos sucede algo
que reconozco muy bien: la cabeza empieza a llenarse. No de ruido, sino de
pensamiento. Aparecen ideas que quizá estaban pero tapadas por demasiadas capas
de estímulo. Surgen asociaciones, decisiones pendientes, frases que podrían
servir para escribir algo, intuiciones sobre un sonido que no termina de
funcionar, sobre una estructura narrativa que aún no sé cómo resolver. Basta
con retirar la pantalla durante un rato para que algo interno recupere espacio.
Esto, para alguien que trabaja como yo, tiene una dimensión
muy concreta.
Tengo acceso a herramientas extraordinarias. Puedo generar,
procesar, explorar y producir a una velocidad que hace diez años habría
parecido imposible. Pero la velocidad resuelve ejecución, no dirección. Las
herramientas responden con precisión a lo que les pido, pero no saben qué
quiero, por qué lo quiero ni si vale la pena hacerlo. Eso solo lo sé yo. Y solo
lo sé cuando me detengo.
El aburrimiento, para mí, no es ausencia de actividad. Es el
momento en que por fin puedo preguntarme qué estoy haciendo y para qué. Es el
espacio donde una producción que no termina de cuajar empieza a revelar lo que
le falta. Donde una novela que se resiste empieza a contarme por qué. No llega
mientras estoy en modo ejecución, encadenando decisiones técnicas, respondiendo
estímulos, optimizando algo. Llega cuando paro. Cuando camino sin auriculares,
cuando miro por la ventana sin objetivo, cuando dejo que el tiempo pase sin
producir nada visible.
Soy lo que algunos llaman un escritor brújula: no trazo
mapas antes de escribir, sino que avanzo siguiendo una dirección que a veces ni
sé bien cuál es hasta que la encuentro. Ese proceso requiere confianza en algo
que no es racional ni eficiente, y que necesita silencio para operar. Si cada
pausa se rellena automáticamente con un estímulo nuevo, esa brújula pierde
señal. No desaparece, pero deja de orientar con claridad.
Durante mucho tiempo se nos enseñó a combatir el
aburrimiento como si fuera un enemigo, como si aburrirse significara perder el
tiempo o no saber ocupar la mente de manera eficiente. Pero quizá el
aburrimiento nunca fue un vacío improductivo, sino exactamente lo contrario:
una condición necesaria para que ciertas partes del pensamiento aparezcan. El
problema es que hoy vivimos rodeados de mecanismos diseñados precisamente para
impedir que ese vacío exista. Cada momento muerto se rellena automáticamente.
Una espera, una cola, un trayecto corto, incluso unos segundos de silencio
terminan ocupados por una pantalla que ofrece algo inmediato.
La consecuencia es que el cerebro se acostumbra a no
detenerse nunca de verdad. Y cuando uno se acostumbra a recibir estímulo
constante, la pausa empieza a resultar incómoda. Aparece una especie de
ansiedad leve, casi imperceptible, ante la simple idea de no hacer nada durante
unos minutos. Como si el pensamiento libre hubiese perdido entrenamiento.
Por eso he empezado a buscar el aburrimiento de forma
consciente. No como renuncia a las herramientas, sino como parte del proceso de
usarlas bien. Me detengo antes de empezar a producir. Doy un paseo sin destino
antes de abrir el proyecto. Dejo que una decisión creativa permanezca sin
resolver durante un tiempo, sin recurrir inmediatamente a una solución técnica
que la tape. A veces lo que necesita una canción no es más procesamiento, sino
que yo me siente un rato a no hacer nada hasta que aparezca lo que le falta.
No se trata de demonizar la tecnología, porque sería
absurdo. Vivimos gracias a ella, creamos con ella, y bien usada puede ampliar
lo que somos capaces de hacer de maneras que todavía no terminamos de entender.
El problema no está en la herramienta, sino en la dificultad creciente para
retirarla a tiempo. Cuando todo compite por nuestra atención, la atención deja
de pertenecernos del todo. Y sin atención propia, las herramientas más potentes
del mundo solo sirven para ejecutar con más velocidad decisiones que nunca
terminamos de pensar bien.
Hay además una dimensión menos visible. Muchas veces no
buscamos la pantalla porque necesitemos información, sino porque evita
preguntas más profundas. Mientras algo nos entretiene constantemente, ciertas
cuestiones quedan aplazadas: cómo estamos realmente, qué estamos evitando
pensar, qué parte de nuestro trabajo o de nuestra vida necesita revisión. La
hiperconexión no siempre llena. A veces simplemente tapa.
Y el aburrimiento, cuando aparece, obliga a que algo de eso
suba.
Cuanto más tiempo pasa, más entiendo que no todo avance
consiste en añadir. A veces hay avance en retirar ruido, en recuperar lentitud,
en no responder inmediatamente a cada impulso. Un paseo sin auriculares, una
libreta abierta, una conversación larga sin interrupciones, incluso permanecer
unos minutos sin buscar un estímulo nuevo, tienen hoy algo casi extraño, como
si se hubiesen convertido en pequeños actos de resistencia.
Pero para mí, que trabajo dentro de las herramientas y no
desde fuera de ellas, esa resistencia es también una condición técnica.
Necesito saber qué quiero antes de pedírselo a cualquier sistema. Necesito
escucharme antes de producir. Y para escucharme, necesito que no ocurra nada
durante un rato.
Quizá aburrirse un poco no sea perder tiempo. Quizá sea la
única forma de saber realmente qué hacer con él.
